Del mismo modo que dicen que del amor al odio hay sólo un paso, existen un sinfín de estados de ánimo que, llevados al extremo, se confunden los unos con los otros. ¿Tiene usted en el campo un punto de locura?, le preguntaba hace unos meses en una entrevista a un futbolista criticado por sus desvaríos sobre el césped. ¿Locura?, se decía él. Da la impresión de que se le cruzan a usted los cables con cierta facilidad, me explicaba. “No tengo un punto de locura, tengo un punto de pasión”, se defendió él. Aquel jugador era Carlos Marchena. Para él no valen las medias tintas. Y ese exceso de pasión, recomendable en muchos casos, puede pagarse muy caro en ciertas ocasiones. Ayer ocurrió, sin ir más lejos.
Las emociones se multiplican en el terreno de juego, cuando la presión es máxima y el tiempo del que uno dispone para tomar una decisión es mínima. Cierto. Pero es en la toma de decisiones donde se descubren los genios del balón: la elección debe ser rápida y acertada. Y ayer, Marchena, capitán del Valencia, central valencianista y campeón de Europa con la selección española, no supo elegir bien. Un mal control, una pérdida de balón en tu propia área, por dónde merodea el Kun Agüero, y el lío está servido: un jugador por los suelos, patadas a diestro y siniestro, y como el balón se escapa: una mano redentora, pensó él, condenatoria, a ojos del resto del mundo.
Me quedo con el exceso de pasión de Marchena, antes que con la inexplicable apatía de jugadores como Fernandes, titular inmerecido
Marchena mereció la expulsión. Una expulsión que vale un partido, guste o no, pues condiciona el juego del equipo, en inferioridad numérica desde el minuto 27. Había marcado el Valencia el 0-1 tras un golpe de suerte, o no, cuando aún jugaba con once. O no, porque aquel penalti en el área del Atlético que Pérez Burrull no vio, le pesó tanto durante el resto del partido, que sus decisiones fueron agotando la paciencia del visitante, un Valencia muy cansado, sin ideas, y superado una y otra vez por su rival.
Con todo y con eso, creo que me quedo con ese exceso de pasión de Marchena, seguramente más útil y menos peligroso para los intereses de su propio equipo lejos del área, en la medular, donde el juego le exige menos adrenalina en defensa. Decía que me quedo con el exceso de pasión de Marchena, antes que con la inexplicable apatía de jugadores como Fernandes, titular inmerecido. No jugó el Valencia casi todo el partido con diez, tras la expulsión de Marchena. Lo hizo con nueve. Fernandes no existió. No quiso hacerlo. Como tampoco pareció el Valencia, con la bendita excepción de César, querer ganar otro partido repleto de despropósitos. ¿Tenía licencia para perder? Quizá. Pero nunca para no dar la cara.
Ximo - 01-03-10 - 15:31h. Me gusta el estilo de la columna pero no estoy de acuerdo con el contenido. No creo que un jugador como Marchena deba ser capitán. Puede que no sea locura y sólo pasión, pero a mi no me gusta las cosas que hace, ni como protesta como un loco como si nunca hubiera hecho nada. Me da vergüenza en ocasiones que sea capitán del Valencia por su actitud y eso que como jugador -central- puede ser realmente bueno.
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